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Asalto a mí


By Filoso - Posted on 01 Julio 2008

De pronto el pozo se había llenado. Los dislates del mundo desbordaron las más exageradas expectativas. Resulta que un japonés asesina a seis personas y deja heridas a otras doce argumentando que está "cansado de vivir".

En mis tiempos cuando una persona padecía semejantes angustias se suicidaba, procedimiento más práctico e inocuo.

Por cuanto un tipo que se considera racional, que busca acomodar las letras lo mejor posible y ya no es joven, no puede permanecer impasible, consumiendo a diario los desbordes de la televisión, los discursos frívolos de algún presidente de pacotilla, y actitudes incomprensibles por doquier.

Así que decidí subir a la azotea y detener el giroscopio. Por lo visto algunas coordenadas se han ido desajustando, cosa que dificulta mi comprensión de la realidad. Debería vislumbrar qué cosa puede hacer un ser humano más que resignarse, evitando sentirse testarudo, anacrónico o impaciente.

Hacia donde mire algo no encaja. A todas luces habría de olvidar la desvirtuada acta fundacional de la ONU, aceptar la cancelación de los derechos humanos en aras de los derechos de los poderosos, y resignarme a creer que todo se arregla con el triunfo de nuestro equipo de fútbol... como ejemplos de una lista infinita de pleitos perdidos.

Con pueril angustia comprendí que la solución no pasaba por el añorado eslogan hippie "paz y amor" de mi adolescencia, pececito devorado demasiados años atrás por el insaciable escualo consumista; ni por la humildad del hombre de la cruz, en cuyo nombre se cometieron tantas tropelías bajo el almidonado pisotón del ostentoso Vaticano.

Dejar la mente en blanco hoy día es una utopía -al menos para quien pretende no pensar- mayor que el comunismo (otra de las soluciones obsoletas) Es que el hombre se afana sin ningún miramiento en destruir uno a uno los hitos que antes se propuso en procura del bien común, suponiendo atender de ese modo personales beneficios.

Así, mejor sería no mentirse, y afirmar con valentía su carencia: que no hay otra que la ley de la selva y como lo establece la naturaleza, el pez grande come al chico.

¿No habría sido más leal consigo mismo el presidente Bush afirmando que atacaba Irak porque se lo mandaba la gana? O mejor dicho: porque el grupo que lo rodea para tal cometido lo ha catapultado a la presidencia, aun llegando a falsear una elección en el país abanderado de la democracia (al fin y al cabo no han engañado a nadie más que a su dignidad nacional)

Finalmente, los jardines flotantes de Babilonia han sido sepultados por escombros, al igual que una cultura donde millones de personas que tenían una vida normal (bajo los caprichos de un dictador, es cierto, pero normal al fin y al cabo) hoy deambulan entre el polvo y la sangre.

Pero por allá tenemos al portador de una nueva esperanza, Barack Obama. Una nueva razón para apostar y librar un cheque en blanco... Ya veremos.

Viendo hacia otro lado, las reiteradas acometidas del pueblo del sion. Misiles contra piedras. Exultando su paradoja de sentirse víctimas de xenofobia ad infinitum. Si no fuera un asunto tan dramático acaso podría hacernos sonreír. Esto dicho sin animo de confrontar o polemizar, es apenas la humilde opinión de un ciudadano del mundo con todo el derecho a asquearse que le permite su libre albedrío. (Ya vendrán los heridos, por venganza y con bazukas...)

Sin olvidar al otro bando, los que dan un golpe y reciben diez. ¿No conciben alguna alternativa? Supongo que a priori ha de existir otro camino, tal vez un paso intermedio que al menos permita un respiro. Digamos que un retroceso para tomar impulso... ¿No? El paraíso se les está vaciando de sangre joven, de gente valerosa que deja de brindar un aporte positivo a su comunidad.

¿Qué me importa? Cierto. Debería mirar hacia otro lado. ¡Allá ellos! Tan mal no le fue a Poncio Pilatos después de todo. Pero tengo a Brecht explicándomelo...

Es que nada hay ya en que creer, han caído los dioses del Olimpo a la altura de Satán y andan los humanos como hormigas a las que han pateado el hormiguero. Aun así, todo eso no interesa. NO. Porque lo importante es lo menor. Lo terrible no se quiere advertir y se barre debajo de la alfombra, pero campea luego sobre un cúmulo de buenas intenciones, demagógicos propósitos, malogrados proyectos...

Porque mientras esas cosas pasan no se perciben aquellas situaciones lamentables, tristes, que nos averguenzan.

Son niños muriendo de hambre y niñas prostituyéndose por monedas cuando al mismo tiempo se derrochan recursos por mero egoísmo y rapacidad. La noria genera inadaptados, resentidos, tal vez asesinos... Luego los poderosos exigirán represión en defensa de sus derechos.

Pero no. Debería quitar de mi mente con urgencia la imagen del padre sin la posibilidad de alimentar a su hijo tras haber sido excluido del mercado laboral. La del industrial que obsequia con orgullo a su querida una sortija con diamantes mientras sus obreros ayunan hasta fin de mes (no invento nada, ya lo decía el tango Acquaforte) La imagen de la escalada armamentista y el afán puesto en desarrollar más y mejores instrumentos para asesinar...

Sí, debería olvidar todo eso y cantar madrigales a la suerte que tengo al no padecer la impotencia de estar desocupado y no hallar salidas...
¿Pero de qué valdría entonces mi prosa? ¿Qué sería de mi espíritu si lo distrajera con historias triviales? ¿Cómo hacer brotar la fantasía si la realidad desborda con increíbles certidumbres? ¿No queda otro camino al hombre consciente que el de aceptar su debilidad y transformarse en cómplice?

Demasiadas preguntas para un sujeto perdido en medio de su existencialismo, un hombre común que observa la realidad y aunque no la acepta comprende que no puede aportar soluciones. Vuelvo a recordar a Bertolt Brecht...

"Primero vinieron por los judíos.
Y no dije nada, porque yo no era judío.
Después vinieron por los comunistas.
Pero no dije nada porque yo no era un comunista.
Luego vinieron por los sindicalizados.
Y no dije nada porque yo no era sindicalizado.
Luego vinieron por los católicos.
Y no dije nada porque yo no era católico.
Luego vinieron por mí.
Y ya no quedaba nadie que dijera nada."

Por eso decidí subir a la azotea y detener el giroscopio. Tal vez todos debiéramos hacerlo con frecuencia. El inicio de las proezas comienza con la toma de conciencia de su necesidad.

El "qué hacer" y el "cómo hacerlo" llegarían si al menos les abriéramos camino. Si aun así no llegaran que nos quede la tranquilidad (mal de muchos consuelo de tontos), de haberlo intentado.

La otra alternativa, la de aguardar con los brazos cruzados, nos permitirá presenciar el ocaso de la humanidad y ni siquiera podremos sentirnos inocentes.

Tenemos detrás de nosotros, aguardando inocentemente, generaciones de seres que merecen un mundo por lo menos igual al que nos ha sido legado. Sentado en la azotea comprendí que estaba a punto de padecer la verguenza de llegar a defraudarlos.

Por eso, mientras la gente del Jet-set se expone al sol del verano y la televisión disuelve cerebros al por mayor; mientras los rateros se atreven a marchar a prisión y los estafadores de guante blanco medran impunes a la sombra de los políticos; mientras hay quienes beben cerveza y quienes chatean por Internet; mientras el mundo se agita en la vorágine de su torbellino actual y el dinero se acumula en un sólo plato de la balanza...

Yo aquí, partícula insignificante de toda una gran civilización en decadencia, digo estas cosas vaciando mi cabeza: tal vez no más que un vano réquiem para el olvido.

Como acostumbro, ahí va un poema.

AHORA

El hombre está solo
se sienten
lejanos ladridos de perros
Le cae la noche con un paracaídas gris
impregnando de humedad
sus recuerdos.
Un foco de luz, tabaco
papel, incienso...
Y encendiendo la mecha
algún trago de fuego

A percibir
catalejo
catadentro al centro
entre ceja y ceja
Abrir el pecho
lamer la sal del verbo
aplacando la sed
que inunda los sentimientos

Es la hora de escribir.
Moja la pluma en el lagrimero...
El hombre se llena de fantasmas
Rastrea en su sesera tras la llave
de cielos, abismos e infiernos

Se abraza, se hermana, se funde
Entrañablemente de parto
navega en su ombligo
y viendo más allá de su reflejo
lo llama "universo"
Extraviado en su existencia
encuentra ese candil
tras las primeras letras
Pretendía ser feliz
alcanzando las cumbres de su idea
Y tal vez nunca lo sabrá
pues sin notarlo
llega.

Del poemario “Amor desamorado” © 1992 Félix Acosta Fitipaldi
http://jolibud.bubok.com

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Imagen de Filoso

Para permitir descansar al ocacional lector de mis meditaciones trasnochadas hoy he decidido subir un viejo relato. Integra el libro "Circunstancias Íntimas", que es posible suba a Bubok próximamente (http://jolibud.bubok.com)

A diferencia de otros trabajos míos allí ofrecidos, ficción pura, los de ese libro son más introspectivos, frutos a veces de experiencias o sus catarsis. Si bien en este caso la historia no ocurrió exactamente en la forma narrada se aproxima a la realidad en un noventa por ciento. Elevo entonces esta recordación a mi buen amigo Ariel Machado, con quien algún día nos volveremos a encontrar.

¡QUE CARO SALE, MADRE!

Una hermandad de tiempos de piratas, entre los nueve y los diez, nos legó una cicatriz juramentada tras un corte de navaja; un pacto de amistad que el tiempo hizo de acero con la seguridad de encontrar siempre el apoyo, la mano, la palabra.

A los veinte, creyendo descubiertos los secretos del mundo con holgura, nos refugiábamos en un par de erróneas certezas: la de creer poseer todas las artimañas para triunfar, y que para nosotros no escondía misterios la existencia.

Ufanos, con nuestras plumas de cuero negro brillando al neón jugábamos carreras con las motocicletas, prolongación de nuestros miembros... mujeres de hierro fuertes y delicadas, fieles y ansiosas de amor. ¡Que venga el viento a golpearnos la cara, que no hay obstáculo que no podamos salvar!

Mi cabeza tenía entonces poco más que un casco donde lloraba el dibujo de un águila encadenado, y la suya su casco con el indiscreto diseño de una calavera que reía: fieles emblemas de una y otra forma de ser.

Volábamos bajito trepidando sobre alas de metal y rozábamos las nubes sin saberlo, yendo hasta los límites del silencio y la eternidad. Saetas paralelas cortando la noche cargadas de inmediatez y trueno...

Quien viera a esos muchachos, apostando la vida en lúdicos desafíos,podría vaticinar con certeza que aquél día llegaría.

Jamás mi máquina llevó la aceleración de mi ansiedad al enterarme. Ni tan lento cortejo el paso de mi razón para aceptarlo, ante la evidencia de su ausencia omnipresente.

Caía la tarde cuando llegué al lugar del accidente casi al mismo tiempo que su padre. Ya habían retirado el cuerpo, sólo estaban los curiosos permitiendo que sus indiscreciones revolotearan como nube de cuervos: preguntando, contestando, devorando.

La sangre naranja, la sangre roja, la sangre negra bajo el semáforo magullado que continuaba funcionando. Caía la tarde y sentía arder la casi desaparecida cicatriz de mi muñeca; trunca la hermandad, a mis años jamás me había sentido tan solo.

El hombre vio un zapato de su hijo contra el cordón de la vereda. Lo levantó con delicadeza innecesaria y atendí la angustia de su voz quebrada: "¡Yo te decía Juan que no corrieras! ¡Que por tu madre dejaras de correr!"

Mientras él arengaba a ese zapato, símbolo último al que aferrarse con desesperación y rabia, me sonrojé como si para mí fuesen sus regaños. Nada le quedaba, sólo un puñado de recuerdos y aquél objeto mísero, desgraciado...

Sentí deseos de arrancarlo de sus manos para apretarlo yo muy fuerte, y a través de él y en otro tono, hablarle a Juan con inútiles palabras auxiliadoras. Abracé al hombre como si fuera mi padre observando al calzado como si me perteneciera, y llorando los dos nos fuimos arrastrando despacio, como si supiéramos qué hacer comenzada la noche.

Mandó decir su madre que fuera por su casa: quería que habláramos de Juan. Ella nos alertaba siempre de que aquello podía suceder: murmullo lejano que fingíamos no oír, miedos inútiles que tienen los mayores. ¡A nosotros nos iban a decir! Confiados, reíamos de quienes temían lo absurdo, lo imposible.

La pobre madraza estaba desolada, ya no podía llorar. Sus ojos se habían hecho pequeños y rojos y la piel de su rostro estaba gris. Parecía tan frágil que temí que apenas una pequeña palabra la quebrara.

Ese día había lavado la ropa de su hijo muerto y la doblaba con cariño. Al entrar y observarla fui la sombra de un joven que jamás sería el mismo, dolor y vergúenza era cuanto quedaba de mí. La abracé como si fuera mi madre sintiéndome su hijo: ése que ella se empeñaba en creer que aun podía regresar, con el casco en la mano y sonriendo con la misma desfachatez de anteayer nomás...

Mirándola hacer como si fuera mi ropa nos quedamos en silencio. No sabía si acaso le era útil mi presencia pero creí oír su pensamiento musitar: ¿Porqué no fuiste vos? Y yo, que ante su angustia me había preguntado lo mismo, atendí su pedido de contarle anécdotas de su hijo hasta el amanecer, como si al igual que otras veces simplemente aguardáramos su retorno.

Su padre estuvo también, aunque menos tiempo. Me contó cuanto me apreciaba Juan; historias que yo ni recordaba de momentos en los cuales lo ayudé, de cómo admiraba mi sentido común y el respeto que sentía hacia mis actitudes. Cosas éstas que yo ignoraba, nunca había razonado sobre los conceptos que tendría mi amigo sobre mi persona.

Lo otro yo no pensaba decirlo pero lo percibí una obligación. Alguna vez había sentido mi vida vacía y en largas charlas le había narrado a Juan sobre mis deseos de morir, de que únicamente la cobardía y el amor a mi madre me apartaban del suicidio, de que en nada me seducía la existencia. Y que aquél me confortaba, animándome a disfrutar: "¡Ah no! ¡La vida merece ser vivida! ¡Es hermosa! Ya verás que pronto estarás de acuerdo conmigo... ¡Ánimo! ¡Nos aguardan tantas cosas que debemos experimentar!" ¡Y aquí estamos! -terminé diciendo -¡Qué ironía!

Sé que me vieron desnudo sobre un asteroide, olvidaron su dolor para apiadarse de mí y se conformaron con que yo hubiese comprendido la razón de las palabras de su hijo. Al retirarse a descansar el padre se ofreció para conversar conmigo en cualquier momento que lo necesitara. Le agradecí, pero le aseguré que siempre llevaría conmigo las palabras de Juan y su forma positiva de ver la vida.

-¡Abrigate que debe estar fresco! -sugirió la mujer cuando me iba. Y seguramente debe haber detenido en sus labios ese otro consabido consejo que a su hijo solía ofrecer: "¡No vuelvas muy tarde que es invierno!" Igual me pareció escucharlo comenzando la mañana.

Corríamos carreras en la moto. Nos gustaba tentar a la muerte. Seguros estábamos que nada malo nos sucedería... Cuando observo a mi madre deambular despreocupada doy gracias por su suerte de no haber sido yo. Ya no me pide que no corra, nota lo mucho que he cambiado, intuye la madurez de mi soledad. Sabe que algo de mí murió aquella tarde, y que las lágrimas suyas que de mí dependan se podrán evitar. Entonces enmudezco el deseo de decirle: Sí, pero... ¡Qué caro sale madre, a veces aprender!

Imagen de Filoso

Para permitir descansar al ocacional lector de mis meditaciones trasnochadas hoy he decidido subir un viejo relato. Integra el libro "Circunstancias Íntimas", que es posible suba a Bubok próximamente (http://jolibud.bubok.com)

A diferencia de otros trabajos míos allí ofrecidos, ficción pura, los de ese libro son más introspectivos, frutos a veces de experiencias o sus catarsis. Si bien en este caso la historia no ocurrió exactamente en la forma narrada se aproxima a la realidad en un noventa por ciento. Elevo entonces esta recordación a mi buen amigo Ariel Machado, con quien algún día nos volveremos a encontrar.

¡QUE CARO SALE, MADRE!

Una hermandad de tiempos de piratas, entre los nueve y los diez, nos legó una cicatriz juramentada tras un corte de navaja; un pacto de amistad que el tiempo hizo de acero con la seguridad de encontrar siempre el apoyo, la mano, la palabra.

A los veinte, creyendo descubiertos los secretos del mundo con holgura, nos refugiábamos en un par de erróneas certezas: la de creer poseer todas las artimañas para triunfar, y que para nosotros no escondía misterios la existencia.

Ufanos, con nuestras plumas de cuero negro brillando al neón jugábamos carreras con las motocicletas, prolongación de nuestros miembros... mujeres de hierro fuertes y delicadas, fieles y ansiosas de amor. ¡Que venga el viento a golpearnos la cara, que no hay obstáculo que no podamos salvar!

Mi cabeza tenía entonces poco más que un casco donde lloraba el dibujo de un águila encadenado, y la suya su casco con el indiscreto diseño de una calavera que reía: fieles emblemas de una y otra forma de ser.

Volábamos bajito trepidando sobre alas de metal y rozábamos las nubes sin saberlo, yendo hasta los límites del silencio y la eternidad. Saetas paralelas cortando la noche cargadas de inmediatez y trueno...

Quien viera a esos muchachos, apostando la vida en lúdicos desafíos,podría vaticinar con certeza que aquél día llegaría.

Jamás mi máquina llevó la aceleración de mi ansiedad al enterarme. Ni tan lento cortejo el paso de mi razón para aceptarlo, ante la evidencia de su ausencia omnipresente.

Caía la tarde cuando llegué al lugar del accidente casi al mismo tiempo que su padre. Ya habían retirado el cuerpo, sólo estaban los curiosos permitiendo que sus indiscreciones revolotearan como nube de cuervos: preguntando, contestando, devorando.

La sangre naranja, la sangre roja, la sangre negra bajo el semáforo magullado que continuaba funcionando. Caía la tarde y sentía arder la casi desaparecida cicatriz de mi muñeca; trunca la hermandad, a mis años jamás me había sentido tan solo.

El hombre vio un zapato de su hijo contra el cordón de la vereda. Lo levantó con delicadeza innecesaria y atendí la angustia de su voz quebrada: "¡Yo te decía Juan que no corrieras! ¡Que por tu madre dejaras de correr!"

Mientras él arengaba a ese zapato, símbolo último al que aferrarse con desesperación y rabia, me sonrojé como si para mí fuesen sus regaños. Nada le quedaba, sólo un puñado de recuerdos y aquél objeto mísero, desgraciado...

Sentí deseos de arrancarlo de sus manos para apretarlo yo muy fuerte, y a través de él y en otro tono, hablarle a Juan con inútiles palabras auxiliadoras. Abracé al hombre como si fuera mi padre observando al calzado como si me perteneciera, y llorando los dos nos fuimos arrastrando despacio, como si supiéramos qué hacer comenzada la noche.

Mandó decir su madre que fuera por su casa: quería que habláramos de Juan. Ella nos alertaba siempre de que aquello podía suceder: murmullo lejano que fingíamos no oír, miedos inútiles que tienen los mayores. ¡A nosotros nos iban a decir! Confiados, reíamos de quienes temían lo absurdo, lo imposible.

La pobre madraza estaba desolada, ya no podía llorar. Sus ojos se habían hecho pequeños y rojos y la piel de su rostro estaba gris. Parecía tan frágil que temí que apenas una pequeña palabra la quebrara.

Ese día había lavado la ropa de su hijo muerto y la doblaba con cariño. Al entrar y observarla fui la sombra de un joven que jamás sería el mismo, dolor y vergúenza era cuanto quedaba de mí. La abracé como si fuera mi madre sintiéndome su hijo: ése que ella se empeñaba en creer que aun podía regresar, con el casco en la mano y sonriendo con la misma desfachatez de anteayer nomás...

Mirándola hacer como si fuera mi ropa nos quedamos en silencio. No sabía si acaso le era útil mi presencia pero creí oír su pensamiento musitar: ¿Porqué no fuiste vos? Y yo, que ante su angustia me había preguntado lo mismo, atendí su pedido de contarle anécdotas de su hijo hasta el amanecer, como si al igual que otras veces simplemente aguardáramos su retorno.

Su padre estuvo también, aunque menos tiempo. Me contó cuanto me apreciaba Juan; historias que yo ni recordaba de momentos en los cuales lo ayudé, de cómo admiraba mi sentido común y el respeto que sentía hacia mis actitudes. Cosas éstas que yo ignoraba, nunca había razonado sobre los conceptos que tendría mi amigo sobre mi persona.

Lo otro yo no pensaba decirlo pero lo percibí una obligación. Alguna vez había sentido mi vida vacía y en largas charlas le había narrado a Juan sobre mis deseos de morir, de que únicamente la cobardía y el amor a mi madre me apartaban del suicidio, de que en nada me seducía la existencia. Y que aquél me confortaba, animándome a disfrutar: "¡Ah no! ¡La vida merece ser vivida! ¡Es hermosa! Ya verás que pronto estarás de acuerdo conmigo... ¡Ánimo! ¡Nos aguardan tantas cosas que debemos experimentar!" ¡Y aquí estamos! -terminé diciendo -¡Qué ironía!

Sé que me vieron desnudo sobre un asteroide, olvidaron su dolor para apiadarse de mí y se conformaron con que yo hubiese comprendido la razón de las palabras de su hijo. Al retirarse a descansar el padre se ofreció para conversar conmigo en cualquier momento que lo necesitara. Le agradecí, pero le aseguré que siempre llevaría conmigo las palabras de Juan y su forma positiva de ver la vida.

-¡Abrigate que debe estar fresco! -sugirió la mujer cuando me iba. Y seguramente debe haber detenido en sus labios ese otro consabido consejo que a su hijo solía ofrecer: "¡No vuelvas muy tarde que es invierno!" Igual me pareció escucharlo comenzando la mañana.

Corríamos carreras en la moto. Nos gustaba tentar a la muerte. Seguros estábamos que nada malo nos sucedería... Cuando observo a mi madre deambular despreocupada doy gracias por su suerte de no haber sido yo. Ya no me pide que no corra, nota lo mucho que he cambiado, intuye la madurez de mi soledad. Sabe que algo de mí murió aquella tarde, y que las lágrimas suyas que de mí dependan se podrán evitar. Entonces enmudezco el deseo de decirle: Sí, pero... ¡Qué caro sale madre, a veces aprender!

Imagen de negra

Yo otra vez.
Parece que no eres el único que sube a la azotea a parar el giroscopio.

Date una vuelta por mi blogger "mishistoriascom" o en éste y veras que yo lo intente varias veces, sin resultado positivo, sigue girando lamentablemente.

Un abrazo
María Rosa (Negra)

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