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Cierta circunstancia
Escribo. Llevo enraizada la costumbre de detenerme ante el espejo y narrar las cosas curiosas que ocurren del otro lado. En ese afán es imposible evitar que mi imagen se interponga constantemente y en cada texto, independiente de los personajes o la temática, pueda verme en parte reflejado.
Pero ahora se trata de fijar la vista en esa figura que me representa y describirla, haciendo un esfuerzo para dejar a un lado la ficción y ser veraz.
La apariencia del hombre que observo me hace dudar que realmente esté pisando el medio siglo. No represento tanto, aunque acaso el abdomen comienza a delatarme. Del mismo modo las canas, antes remisas, durante el último año han emprendido su nevada con animo de actualizarme.
No importa. Tengo listo el equipaje y la sensación de que la vida no me debe nada. Padres aun vivos, hijas adolescentes, esposa abnegada... Cualquiera diría que ese hombre debería estar agradecido a dios y evitar su costumbre de calificarse: ¿agnóstico?. Puedo asegurar que de cualquier forma, está sí agradecido del destino que le ha tocado.
Y escribo. De allí no viene mi pan, sino de las ocho o diez horas con la cual se va pagando esta vida que me remolca... y aterra, nada más de ver el rumbo que lleva el mundo. Muchas veces me he sentido afortunado de no vivir de la literatura y practicarla en los espacios que me permite la rutina diaria o restando tiempo a otras distracciones. Me da la libertad y la seguridad de hacerlo por puro gusto y cuando se me da la gana, lo que da un toque de honestidad a mis humildes vástagos.
Pero otras veces, sobre todo en ocasión de encarar una novela, cuando escenas, diálogos, escaramuzas y escenografías bullían en mi mente en un marco en el cual no podía dedicarles más tiempo, la desazón me invadía y hubiera deseado una renta o beca que me diera la oportunidad de vivir para escribir. Más tarde advertí la fortuna que significaba poder hacerlo sin la obligación de hacerlo.
Escribir es una forma de conocerse, de dialogar con uno mismo y levantar cada día un milímetro el velo interior. A veces leo fragmentos viejos, fósiles de otras etapas, y me digo que entonces comencé a conocerme. Acepto también que sin la existencia de esas vetustas piezas no podría asegurar lo mismo.
El arte libera. Es como un apéndice invisible de nuestro cuerpo que tantea y extrae objetos de luz de la oscuridad que nos envuelve. En esa materia lo sano es ir saboreando el paso a paso, la frase, el esbozo, las pinceladas, el golpe en la piedra... llevados por la única e imprescindible aspiración de culminar una obra de la cual podamos enorgullecernos.
Allí queda luego el objeto que grita, que muestra nuestro espíritu a quien lo observa, que nos da presencia fuera de nuestro espacio y acaso nos proyecte fuera de nuestro tiempo. El objeto final, siempre imperfecto, y aun así, agitando el humor del receptor y aproximándolo a nuestra razón y sentimientos.
Se crece. Como todo desarrollo no se advierte. Este proceso nada tiene que ver con el reconocimiento, siempre condicionado a múltiples eventualidades, pues no siempre el destinatario está preparado para comprender al emisor artístico. El pintor más popular del mundo no logró vender ninguna de sus pinturas, hoy entre las más cotizadas.
Se comprenderá más mi circunstancia si advierto que pertenezco a la familia de los primos pobres latinoamericanos, y de aquellos que prefieren quedarse a pelearla y no andar cayendo de sorpresa a casa de los parientes ricos.
En nuestro entorno ajeno al consumismo el noventa por ciento de la elaboración artística marcha rumbo al anonimato, al olvido, al ostracismo. Del resto, la parte visible del iceberg, un porcentaje es de calidad descollante y la otra parte navega a impulso de publicidad paga, amiguismo o buena estrella. ¿Importa eso? ¿Debería preocupar? No lo creo, pero así son las cosas y bueno es tenerlas presentes.
Navego los vientos tormentosos del cielo actual y escribo. Lo hago con fluidez, atendiendo cada palabra, cada frase. Releo, corrijo, y por allí abandono el texto hasta que vuelvo otro día a examinarlo. Nunca es suficiente, pasarán años y cuando vuelvan a caer en mis manos notaré los defectos de esas frases (y de estas): con frecuencia me ocurre.
Durante mucho tiempo escribí simplemente para complacer una necesidad íntima, entonces publicar y competir no tenía sentido para mí. Pero buscaba razones, preguntaba a colegas: ¿Para qué publicar?
Para trascender la existencia, comunicarme, encontrar comprensión... -me decían.
¿Trascender? No era lo mío: consideraba escaso mi ego y grande mi timidez como para subir a la palestra o permanecer más allá de mis años de vida.
¿Comunicarme? Me parecía incongruente pretender comunicarme con alguien a quien nunca veré el rostro ni me dirá qué piensa. De ese modo la comunicación, dándose en un solo sentido, se parecía más a un grito que a otra cosa.
Sonreí también ante aquellos otros comentarios, tan frecuentes como vanos: Para ligar con el sexo opuesto, para hacer dinero, para lograr fama... No los consideré, y creo que jamás habría escrito una sola letra con esas intenciones.
En esos pensamientos andaba entonces, y la divulgación de mis trabajos era lo que menos me importaba, hasta que me crucé con Ana María y algo de mi óptica se modificó. Pero es demasiada extensa la anécdota que nos une, quedará para el próximo posteo.
Entre tanto, y como mi prosa ficticia la estoy subiendo a Bubok.com, veré de ir dejando aquí tras cada comentario un poema, que de seguro ninguna conexión tendrá con el tema tratado.
Mismamente
En otro mundo
quizás habitado por seres extraños
habría sido lo mismo
Bajo otro cielo
de insólitos colores y disímiles pájaros
Igual habría sido
Bajo otras nubes y otros vientos
Con otras edades, en otro atardecer
A la luz de otras lunas
con distintas palideces y misterios
entre otras sombras y otros ecos...
Y bajo otras lluvias
de inéditos sonidos y perfumes
Sería semejante
Al amparo de exóticas ciudades
entre otros edificios y otras lenguas
con otras plazas y otros autos
palpando otras miserias y otras glorias
No podría haber sido diferente
En otros siglos
con otros vestidos y costumbres
entre otras mujeres y otros hombres
Nada habría cambiado
Habría sido lo mismo
siempre que fueras tú
quien se cruza conmigo.
Del poemario “Amor desamorado” © 1992 Félix Acosta Fitipaldi
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