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Cierta circunstancia (segunda parte)


By Filoso - Posted on 01 Julio 2008

Ayer decía que una conversación con Ana María me había llevado a modificar mi óptica en cuanto a la circunstancia de escribir.

Ella es una compañera de trabajo con la que poco trato llevaba mantenido entonces, y con quien el azar propuso una tarde que charlara largo rato. Comprendimos que muchos puntos teníamos en común menos uno: ella es sumamente religiosa, y su devoción se manifiesta de continuo en su conversación.

Tal condición no evitó que en algún momento la pusiera al tanto de mi agnosticismo, cosa que comprendió y aceptó con semejante cordialidad a la dispuesta por mi ante el despliegue de su lenguaje místico.

Lo cierto es que en algún momento le comenté sobre mi afición literaria, tras lo cual ella manifestó su interés en que le enseñara alguno de mis escritos.Consciente de la inconveniencia de entregarle un trabajo con lenguaje soez, temática voluptuosa, o personajes indignos, decidí ofrecerle un relato dramático. En él, un niño de la calle, de aquellos que las encuestas duplican en cada muestreo, moría en el portal de un comercio. Lo entendí adecuado para una persona religiosa y sensible. (Por si a alguien le interesa lo he subido a Cuentanet, su título: Sueños caídos, pero al momento de subir este posteo no había sido aun validado)

Pasados veinte minutos me llamó por teléfono a mi sección para comunicarme, en medio del llanto, que estaba realmente conmovida por la lectura del escrito, solicitando mi autorización para leerlo en el ámbito de su congregación, cosa a la que accedí de inmediato.

Eso fue todo ese día. Tuve la satisfacción de su complacencia y del acierto de mi intuición. Supuse que todo quedaba por allí mas, grande fue mi sorpresa, cuando al día siguiente llegó hasta mi oficina y tras saludarme manifestó:

–Ayer me fui asombrada por dos cosas: una, que el cuento que me diste me gustó muchísimo, igual que a mis compañeros del culto, y otra por lo extraño que me pareció que nosotros, que jamás conversamos, hayamos tenido una charla tan reconfortante. Me dormí preguntándome por qué había ocurrido así y hoy al despertar ya lo sabía. Nada es casual y comprendí cual era mi misión. Es que el Señor (a esta palabra en sus labios se le notaba la mayúscula) te ha dado una herramienta preciosa que tu estás desperdiciando, y me ha escogido a mí para hacértelo comprender. Otras personas deben leer tus trabajos y ver con tus palabras esas cosas que tan a la vista están que no se notan. Es mi tarea hacerte ver la necesidad de publicarlos...

Ella se marchó luego de larga insistencia, tan creyente como antes y reconfortada por su buena acción (sin dudas el suyo fue una acto noble) Yo, algo deslumbrado ante semejante revelación mística y como si hubieran encendido una luz en el fondo del espejo quedé, sin embargo, tan agnóstico como siempre.

El caso era que a mí ningún argumento anterior me había seducido como para ver de publicar algo. Sin embargo esa idea de que el propio Dios activara sus influencias terrenales para movilizarme me parecía romántica y seductora. Pero profundizando en el análisis comprendí que también era fatua y narcisista. Esto equilibraba la balanza y me llenaba de incertidumbre en cuanto al paso a tomar.Pero... ¿Tenía yo la potestad de evitar que Ana realizara los designios de su dios? Me sentí como el ciego que no desea cruzar la calle, pero el boy scout insiste tanto...

Versátil y débil ante las tentaciones sucumbí a la idea, y procuré entonces abrir mi tiendita de saldos al difícil ambiente literario local, no sin temor de herir fatalmente la cultura de mi país. También envié aquél relato que diera a leer a Ana María a un certamen, aunque allí el jurado no estuvo de acuerdo con su apreciación.

Esa fue entonces la forma en que algunos retoños míos comenzaron a circular por allí, dándome satisfacciones y también algún revés.Con Ana comprendí que giraba en una noria con depresiones y salientes semejante a un ombligo, que debía “salir”, romper el cascarón.

El caso de salir al mundo no era sencillo y tenía aristas imprevistas. Cosas que no hacen al ámbito editorial sino al literario.En mis primeros textos, intimistas, no tenía en cuenta al supuesto lector. Había disfrutado ideando cada trama como quien resuelve acertijos, y siempre al finalizarlos me preguntaba: ¿y ahora? Entonces sin proponérmelo arribaba una nueva idea, otra charada a completar.

Pero ya no se trataba de complacerme resolviendo rompecabezas, sino de que a otros les interesaran.Puede suceder que de un cuento cuya temática me ha resultado agradable tratar y supongo haber resuelto bien, en otra persona origine rechazo y opine todo lo contrario, también que no guste del argumento y sí del desarrollo, o viceversa.

Por eso ya no era suficiente encontrar la punta de la madeja, la frase, el cuento... No bastaba con satisfacerme, eso era lo que había estado haciendo, ahora debía satisfacer. Eso es lo difícil.Nuestra prosa está condicionada por nuestra base cultural, nuestras afinidades ideológicas, los libros que leímos, las películas que vimos, las experiencias que nos formaron... por todo aquello inmanente a nuestra personalidad.

El mensaje entonces será como un guiño para quienes comparten al menos algunas de nuestras características. Pero puede pasar desapercibido o generar una gran incógnita en alguien ajeno a nuestras costumbres, a nuestro tiempo, a nuestra forma de pensar, en fin... a ese estilo de comunicación que somos capaces de generar.

Al ser el publico tan variado no puede uno encarar una composición pretendiendo satisfacer todos los gustos y niveles de intelecto. Torpe sería hacerlo para eruditos y vano para ignorantes. Esa es otra de las pautas que hube de tener en cuenta a la hora de escribir: adónde y a quienes queremos llegar.

Creo que en lo posible uno no debe condicionarse más que en aceptar la temática de algún concurso, cosa que en ocasiones hasta puede actuar de disparador y provocar la concreción de un buen trabajo (aunque no figure entre los seleccionados) En el caso de los certámenes lo primordial es aceptar que no siempre gana la mejor obra, sobre todo si la ganadora es la nuestra.

Cuando la mezcla de trabajo, talento y técnica se da en la medida adecuada, surge un buen producto. He visto buenas ideas malogradas por falta de técnica o deficiente trabajo de corrección. Y he visto correctísimos trabajos pulidos al detalle, con ausencia total de inventiva.

Uno escribe más abundante cuando carece de suficientes medios técnicos, no hay barreras y la mano corre tras la imaginación como sobre una pradera despejada, donde el paisaje árido permite una flor de cuando en cuando. Mas el resultado carece de la contundencia fundamental que convierte un trozo de carbón en un diamante.

Cualquier persona con un poco de esmero y paciencia puede lograr un aceptable resultado si pretende escribir un relato. Lo que resulta más difícil de adquirir es la “marca de fábrica”, ese estilo inconfundible y notorio de los grandes de la literatura.

En mi caso, me consta que suelo tornarme abstruso, complicado... que mi manera de armar las frases tiende a dificultar la asimilación de los conceptos vertidos... que adjetivo profusamente (aunque procuro evitar los adjetivos, sobre todo los finalizados en “mente”) Pero como no pretendo escribir Harry Poter, ni Código Da Vinci... supongo, me miento, que esos defectos son en realidad las improntas de mi estilo.

De a poco fui perdiendo el temor al ridículo. En parte era eso lo que frenaba mis tenues y esporádicos impulsos de sacar a la luz tanta palabrería secreta. –¡Al diablo! (Ana, con perdón) –me dije finalmente. –Llegó la hora de dar la cara y aquí lo estoy haciendo.

Por eso ando por aquí estos días, derramando extensas ¿sandeces? (digamos que son pensamientos en voz alta y quedemos en paz) que luego pretendo subsanar con uno de mis viejos poemas enganchado como furgón de cola.

Es mi intención escribir historias interesantes para el lector, pero basado siempre en el supuesto que lo que es seductor para mí ha de serlo también para alguien más. Si no me interesa un tópico no me tomo la molestia aunque el lector esté esperando justamente eso. Permitidme ese egoísmo, pues malo sería el resultado si no fuese así. De cualquier manera la oferta es amplia y el lector siempre podrá encontrar aquella lectura que lo satisface.

He querido en estos primeros posteos sobrevolar la problemática del escritor emergente, circunstancia que representa una de las facetas de la vida de quienes frecuentamos sitios como este. Un hombre al cabo no es su bigote, lo que almuerza (como suele decirse), la impronta de su cama o su billetera. No lo conforman sus errores ni sus glorias, sino aquello que piensa y la exacta comprensión de las experiencias que la vida ha cargado en su morral.

Tal vez no sea poco después de todo. Es tarde, en casa todos duermen. Yo tecleo en un lugar apartado en el que me siento intimísimo. Navego dentro de la burbuja de silencio nocturno que ha permitido estas líneas. No sé si son mis ojos cansados pero el espejo se distingue borroso, casi no puedo verme.

¿Tenéis dudas que exista aquí a mi lado un espejo? Pues lo hay. Ha permanecido aquí en un rincón, no debido a mi escasa vanidad sino por carecer de otro lugar de la casa que lo acepte. ¿No estaré quedando yo del mismo modo? Quizás deje de usar el espejo para ver ajenos avatares y escriba de otro modo.

He pensado hacerlo como Pessoa pero aun no me atrevo. Sería sublime si pudiera... Siempre me conmuevo con esa maravillosa frase que él ha dicho: “Escribo arrullándome, como una madre loca a un hijo muerto”.

Ahora, para dar por el suelo con tanta formalidad, un poemita cursi con alguna década encima:

FRACASO

Ignorabas que en el fondo de tus ojos

un poema aguardaba para darse

y brillaba iluminando tu mirada

como lo hace el lucero al caer la tarde.

En el cálido nido de tus sueños

no deseaba quedar aletargado

pues escucharse urgente era su anhelo

siendo musitado por tus labios.

Cuando lo percibí, allí acurrucado

tan frágil y pueril

en nubes de nostalgias acunado

lo quise hacer vivir y casi lo logré...

Más de mi torpe pluma se ha fugado

Se ha escurrido entre la sombra de tu pelo

en tu talle leve se ha encerrado

Prefiere serte fiel y que un poeta

que sepa hacerte honor pueda encontrarlo.

Del poemario “Amor desamorado” © 1992 Félix Acosta Fitipaldi

http://jolibud.bubok.com

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