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Redacto


By Filoso - Posted on 15 Julio 2008

Viajaba sola, su cabeza se inclinaba hacia la ventanilla y sus ojos parecían perdidos en la campiña. La melancolía, cual enfermedad inevitable, se agazapaba entre su piel y sus huesos. Ocurrió unos años atrás, volviendo de sus vacaciones desde la casa de sus padres, en el interior del país.

Ofelia se dedica a la docencia en Uruguay, pequeña y pobre nación latinoamericana, y aunque había disfrutado respirando el aire puro del campo y compartido buenos momentos con sus familiares, mucho no pudo descansar.

Es que corrigiendo las redacciones de sus alumnos se entristeció, así de pronto, sin aviso ni oportunidad. Solamente pensaba en eso todo el tiempo, durante sus paseos por el pueblo y en las relajantes caminatas, casi silenciosas, realizadas durante los atardeceres soleados junto a su madre.

En aquél bucólico lugar el tiempo continúa su marcha con la lenta fluidez de su niñez, como si la actual circunstancia de la humanidad se tomara allí un respiro, como si la realidad quisiera siempre mantener encendida una esperanza, una escondida posibilidad.

Mas allí no había comenzado su desconsuelo, y tal vez ninguna nube oscura la hubiera compungido de haber abandonado la escuela pública, por las tardes. Pudo haberlo hecho pues no necesita ese magro sueldo, pero su vocación inmensa y el amor que la llevó a sentirla se lo impusieron.

Además tuvo otras opciones, como haber aceptado extender su horario en el Colegio Francés y así abandonar la escuela pública... Pero una vez que estuvo allí para advertir las carencias y conocer a esos niños comprendió que no podía, ella también, abandonarlos.

Por cierto, la causa de su tristeza durante aquellas vacaciones se debió a “las Marianas”, forma en que el pensamiento de Ofelia reconoce a dos de sus alumnas. No sabe la razón pero siempre las evalúa en forma conjunta al medir cada circunstancia, al participar de sus sueños, al imaginar sendos futuros. En esos momentos las iguala o las diferencia, pero siempre, siempre: las adora.

En realidad estas dos niñas nada tienen que ver una con la otra, a no ser semejante nombre y la particularidad de que ambas son sus mejores alumnas, una en cada escuela.

La del colegio Francés es rubia, algo pagada de sí misma y muy capaz. Es una buena niña y quiere mucho a su maestra pues aquella la estimula con las mejores notas en idiomas. Es que quiere ser escritora... O de lo contrario diplomática o política, como el padre. Es pequeña aun, es cierto, para que decida; a esa edad todos queremos ser algo así o azafatas o pilotos de avión: casi nunca logramos plasmar tales intenciones.

Ofelia si, ella desde niña supo que sería maestra y enseñaba a sus muñecos, a los que ordenaba y brindaba atención hasta que el llamado de su madre la obligaba a darles recreo. Ya desde entonces ella era de esas educadoras que recuerdan aquello que no les agradó de sus mentores y evita emularlos. Por eso en la actualidad la aprecian tanto sus alumnos. Ella lo sabe y es feliz así, hasta que su felicidad se empaña corrigiendo deberes en plenas vacaciones.

Les había pedido un “Redacto” intitulado: “La escuela, yo, y las vacaciones de julio”. Por allí encontró el trabajo escrito por Mariana, la del Colegio Francés:

“Espero con ansiedad mis vacaciones. Ha dicho mi padre que iremos a Miami y nos libraremos de los días más fríos de julio. La escuela quedará silenciosa sin nuestros gritos y risas. Imagino los corredores y las aulas desiertas y siento pena. Durante esos días no será un colegio el nuestro, sino un esqueleto sin alma. Pero regresaré con nuevos bríos para culminar el año con las mejores calificaciones. Al regresar podré narrar mi experiencia a mi querida maestra Ofelia y ya seré más grande.”

Ofelia había sonreído con cariño al culminar de leer. Mariana escribía bien y sin faltas. Tal vez llegaría a ser escritora –ojalá– pero de cualquier manera amplios caminos se le abrían pletóricos de posibilidades.

Sucedió que al cambiar de carpeta se reveló ante sus ojos el “Redacto” de Mariana, la de la escuela pública. Mariana es morochita y humilde, algo tímida pero muy hábil e inteligente. El día del maestro fue la única de la clase que la hizo emocionar con su obsequio, consistente en un modesto ramo de margaritas rodeando una rosa: –Las junté camino a la escuela –había dicho. Mariana se esfuerza y obtiene buenos resultados. Pero es la más humilde de la clase y algunos compañeros celosos la destratan pues sabe más que todos. Ha dicho no estar segura sobre que será cuando crezca, pero no quiere ser como ninguna de las otras personas que conoce. Le había dicho: –Quiero ser como usted señorita Ofelia, aunque no llegue a maestra.

Y Ofelia leyó su trabajo de manera inmediata al abrir la carpeta:

“Se acercan las vacaciones de julio. Voy a extrañar mucho. Ya no tendré el almuerzo que nos dan en la escuela, que me gusta aunque no me quite el hambre por completo. En casa no es tan rico y nunca hay postre, pero no me da pena pues estoy acostumbrada. Me gusta la escuela. Si bien es fría y húmeda más lo es nuestra casa. Sólo me agrada mi casa cuando llueve en verano y la lluvia canta sobre las chapas mientras leo. Quiero que pasen pronto las vacaciones. Durante esos días prometo escribir más cosas como las que nos pide la señorita Ofelia. Quizás le escriba un poema pues la quiero mucho”.

Ofelia, conmovida, no pudo evitar unas lágrimas al culminar de leer. Mariana escribe bien y sin faltas. Tal vez llegue a ser maestra –ojalá– y ella la alentaba y ayudaba todo lo que podía para que así fuese.

Ese fue el germen de su melancolía. En su fuero interno todo le indicaba que un niño en las condiciones en que se estaba criando Mariana mal puede aproximarse a sus sueños. Ella lo disimulaba y daba vuelo a las esperanzas de la niña, pero esto provocaba que se sintiera miserable, hipócrita, desleal.

Buscaba absolverse diciéndose: “No puedo recriminarme un disimulo para evitar dañar a alguien; si acaso existe una mentira tolerable es la piadosa. Además, siempre cabe la posibilidad de que los sueños se cumplan, y nada es peor que quitar a una persona las ilusiones”

Ofelia vive inmersa en el mundo real y por más shoppings que inauguren, por más globalización que comenten, le cuesta creer cosas diferentes a las que ven sus ojos.

Observa entonces comenzar el nuevo siglo temiendo que muchas situaciones de inmensa gravedad no mejoraran. Indiferente ante el alud de sucesos, buenos y malos que la revolución de la imagen, la informática y las comunicaciones le acercaban a diario, ella se ponía triste por lo hallado detrás de un simple “Redacto”.

Luego de esas vacaciones se obligó a creer que se puede ayudar a la suerte, al destino. Debía comprobar si es posible que una mera ficción, con esfuerzo y las mejores intenciones puede llegar a concretarse. De hacerlo, podría sentirse bien y verse al espejo con orgullo.

Aunque a veces un caudal enorme de impotencia la envolvía, sin que ella lo advirtiera, agazapada en silencio, una idea acechaba aguardando el momento de germinar. Era una posibilidad, un acaso que un par de años después la lleva a decidir que ya no desea vivir sola. Entonces procura la adopción de Mariana, la de la escuela pública.

Hoy día Mariana está comenzando a ser una damita culta y con futuro, sin embargo Ofelia, entre crisis económica y emigración continúa estando triste. Cada día van surgiendo más y más Marianas, como la de la escuela pública... y no las puede traer a casa.

FÉLIX ACOSTA FITTIPALDI © 1998 “Circunstancias íntimas”
http://jolibud.bubok.com

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ME IDENTIFIQUE CON OFELIA, PORQUE YO COMO ELLA, ME HUBIERA GUSTADO ADOPTARLOS Y DARLES UN BIENESTAR A TODOS LOS PEQUEÑOS GORRIONES QUE PASARON POR MI VIDA.
SOLO PUDE DARLES MI AMOR, AUNQUE SE QUE CON ESO NO ALCANZO PARA DARLES UNA VIDA DIGNA, PERO EN ESOS PEQUEÑOS MOMENTOS COMPARTIDOS ESTOY SEGURA QUE PUDIERON SER FELICES, PORQUE SINTIERON, AUNQUE SEA POR UNA VEZ,QUE ALGUIEN LOS AMO.
Y ASÍ COMO YO LOS RECUERDO, SECRETAMENTE ELLOS TAMBIÉN.

¡QUE LINDO ESCRIBES!

María Rosa (Negra)

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