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Trozos de mi diario que alguna vez robé...
26/5/2008
Estas horas fueron asaz ordinarias y comunes, horas muy pomposas con los vestidos típicos de las semanas que no dejaban de ser monótonas; aunque no del todo; supe de una niña. Cabellos castaños, la piel del tono más claro del trigo y una simpatía al tono con la complicidad de su amiga. Chicas del secundario. Debí volver, abordar, inventar una circunstancia, pero no lo hice. Después me arrepentí y finalmente opté por ser sincero conmigo mismo; fué un intento agobiante de renunciar a mis delirios, pero finalmente entregue mis armas impúdicas al tiempo. Que Alguien más decida por mí, aún con la terrible sensación de ardor que causan aquellos flechazos en mis cuerpos (alma, espíritu y carne); mas no es la primera vez. Como siempre intenté desinfectarme las antiguas y las nuevas heridas con una poesía; mas solo conseguí una hermosa introducción en prosa, en algún momento terminaré de escribirla, tal vez cuando vuelva a aparecer la chica de los cabellos castaños claros.
Debo irme, debo irme, debo irme... Me repetí muchas veces cual un príncipe desertor, si, eso sería en este mundo ordinario por el común denominador de la gente. Mas soy un príncipe silfo en las penumbras de algún jardín que visito en mis paseos nocturnos. Es uno de los pocos tesoros que nadie, solo el Altísimo me puede quitar: el trono que reclaman esas infinitas musas y ninfas, y por el que debo responder como buen poeta. Aunque en estas últimas horas la luz ciega mis ojos y el bullicio de los días me consume, a modo de tortura, el silencio del alma...








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