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La Tía Mercedes


By Rubula - Posted on 22 Octubre 2007

La habitación donde me encontraba era el de un hotelucho de mala muerte, metida en el corazón de la gran metrópoli.

En la misma, sobre la pared opuesta a la puerta que da al pasillo, una cama de una plaza. Sobre la pared lindera a ésta última, un gran ropero con un espejo, que lo que menos reflejaba era la imagen de uno. Al lado del ropero, una puerta de hierro oxidado se hallaba. Es el retrete.

La pared frontal a la del ropero, una pequeña terraza que daba a un callejón sin salida. Las paredes de la habitación lo que menos tenía era una mano de pintura.

Como llegue hasta ese lugar, no lo recuerdo. Se que hace mucho. Siento presencias a mí alrededor. Me observan.

Cuando me cambio de ropa y me miro al espejo, me veo como soy, con la ropa vieja de siempre y mi cara escuálida.

De repente todo se me oscurece a mi alrededor, y en el espejo veo una gran mansión con jardines a su alrededor, sol, un unos niños jugando y columpiándose.

Hay grandes árboles en los jardines, estatuas de ángeles en mármol y muchas fuentes.

Siento la risa de los mismos. Muero por reírme como ellos, pero no puedo por más que lo intente. Cuanto daría por hacerlo. En mi cabeza siento un canto, que me atrae como un imán.

Observo la imagen en el espejo, y los niños ahora están alrededor de la gran alberca que se encuentra en la parte posterior de la mansión.

Una mujer de unos treinta y tanto de años, rubia de tez morena como el azabache se hallaba cantando y dos hombres a su alrededor. Los niños, junto a ellos sobre la mesa de hierro, al costado de la gran alberca se hallaban

No me puedo resistir, me acerco más a la imagen, y veo el agua.

-Socorro. Mi cuerpo se desdibuja del hotel.

Mientras mi cuerpo se desvanecía una voz llega desde la imagen “lo tengo”.

La mujer cae de bruces sobre la gran mesa de hierro, y los hombres se levantan

-Niños es hora de irnos, dejen a la tía descansar en paz.

Lo último que recodé, unos ojos de una anciana, dos hombres mirando desde el agua de la alberca y una mano que me jalaba para el interior.

-Bueno, la mujer dice. Ahora podremos estar tranquilos, el alma en pena se fue.

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