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Poemas


Aun creo que reí

En una larga calle
tan extensa que hiere al horizonte y parte en dos la tarde
aguardo de pie, detenido...
Mas no sé qué espero.

Agobiada de sombras mi vida se oculta en sus axilas
Ignora si evade el ocaso
si lo busca...
O si acaso existió alguna vez
un principio y un fin
de mi garganta.

De tanto explorar estos derrames ha ido muriendo mi ansiedad
Ya no fluye desbocada la corriente a mis dedos
ni la idea que asoma se atreve al intento
de lanzarse a un mundo
que puede no existir
–pues no ha existido ayer ni hoy–
mañana.

En una calle larga

RESBALA EL AGUA

.

RESBALA EL AGUA

Será porque resbala como llorando el agua
por un cuerpo que apenas noto que respira
me atrevo a preguntar si has vuelto satisfecha
a regresarme el tiempo que he perdido

has lavado tus pechos con la humedad del alba
montando las pasiones sobre caballos negros
que fingen la suave caída desde un escalofrío
y vuelves ya enferma a pronunciar mi nombre

http://fernando-sabido.blogspot.com

ANA BELEN INTERPRETA UN POEMA DE FEDERICO GARCIA LORCA

CADA COSA OCUPA SU LUGAR

CADA COSA OCUPA SU LUGAR

Cada cosa ocupa ahora su lugar
y puedo sentirme satisfecho
ha amanecido con el cielo plomizo
y es probable
que deba tomar precauciones por la lluvia

por primera vez en muchos años
no compraré el diario
ni tomaré el primer café del día contigo
hasta me planteo para mañana
levantarme al alba
y correr unos minutos por el parque

regresé a nuestra casa anoche
inusualmente pronto
y estuve leyendo hasta la hora de cenar
mientras sonaba en el compact
una ópera de Tchaikovsky
creo que Eugene Oneguin

sólo al irme a dormir advertí

Asalto a mí

De pronto el pozo se había llenado. Los dislates del mundo desbordaron las más exageradas expectativas. Resulta que un japonés asesina a seis personas y deja heridas a otras doce argumentando que está "cansado de vivir".

En mis tiempos cuando una persona padecía semejantes angustias se suicidaba, procedimiento más práctico e inocuo.

Cierta circunstancia (segunda parte)

Ayer decía que una conversación con Ana María me había llevado a modificar mi óptica en cuanto a la circunstancia de escribir.

Ella es una compañera de trabajo con la que poco trato llevaba mantenido entonces, y con quien el azar propuso una tarde que charlara largo rato. Comprendimos que muchos puntos teníamos en común menos uno: ella es sumamente religiosa, y su devoción se manifiesta de continuo en su conversación.

Cierta circunstancia

Escribo. Llevo enraizada la costumbre de detenerme ante el espejo y narrar las cosas curiosas que ocurren del otro lado. En ese afán es imposible evitar que mi imagen se interponga constantemente y en cada texto, independiente de los personajes o la temática, pueda verme en parte reflejado.
Pero ahora se trata de fijar la vista en esa figura que me representa y describirla, haciendo un esfuerzo para dejar a un lado la ficción y ser veraz.
La apariencia del hombre que observo me hace dudar que realmente esté pisando el medio siglo. No represento tanto, aunque acaso el abdomen comienza a delatarme. Del mismo modo las canas, antes remisas, durante el último año han emprendido su nevada con animo de actualizarme.
No importa. Tengo listo el equipaje y la sensación de que la vida no me debe nada. Padres aun vivos, hijas adolescentes, esposa abnegada... Cualquiera diría que ese hombre debería estar agradecido a dios y evitar su costumbre de calificarse: ¿agnóstico?. Puedo asegurar que de cualquier forma, está sí agradecido del destino que le ha tocado.
Y escribo. De allí no viene mi pan, sino de las ocho o diez horas con la cual se va pagando esta vida que me remolca... y aterra, nada más de ver el rumbo que lleva el mundo. Muchas veces me he sentido afortunado de no vivir de la literatura y practicarla en los espacios que me permite la rutina diaria o restando tiempo a otras distracciones. Me da la libertad y la seguridad de hacerlo por puro gusto y cuando se me da la gana, lo que da un toque de honestidad a mis humildes vástagos.
Pero otras veces, sobre todo en ocasión de encarar una novela, cuando escenas, diálogos, escaramuzas y escenografías bullían en mi mente en un marco en el cual no podía dedicarles más tiempo, la desazón me invadía y hubiera deseado una renta o beca que me diera la oportunidad de vivir para escribir. Más tarde advertí la fortuna que significaba poder hacerlo sin la obligación de hacerlo.
Escribir es una forma de conocerse, de dialogar con uno mismo y levantar cada día un milímetro el velo interior. A veces leo fragmentos viejos, fósiles de otras etapas, y me digo que entonces comencé a conocerme. Acepto también que sin la existencia de esas vetustas piezas no podría asegurar lo mismo.
El arte libera. Es como un apéndice invisible de nuestro cuerpo que tantea y extrae objetos de luz de la oscuridad que nos envuelve. En esa materia lo sano es ir saboreando el paso a paso, la frase, el esbozo, las pinceladas, el golpe en la piedra... llevados por la única e imprescindible aspiración de culminar una obra de la cual podamos enorgullecernos.
Allí queda luego el objeto que grita, que muestra nuestro espíritu a quien lo observa, que nos da presencia fuera de nuestro espacio y acaso nos proyecte fuera de nuestro tiempo. El objeto final, siempre imperfecto, y aun así, agitando el humor del receptor y aproximándolo a nuestra razón y sentimientos.
Se crece. Como todo desarrollo no se advierte. Este proceso nada tiene que ver con el reconocimiento, siempre condicionado a múltiples eventualidades, pues no siempre el destinatario está preparado para comprender al emisor artístico. El pintor más popular del mundo no logró vender ninguna de sus pinturas, hoy entre las más cotizadas.
Se comprenderá más mi circunstancia si advierto que pertenezco a la familia de los primos pobres latinoamericanos, y de aquellos que prefieren quedarse a pelearla y no andar cayendo de sorpresa a casa de los parientes ricos.
En nuestro entorno ajeno al consumismo el noventa por ciento de la elaboración artística marcha rumbo al anonimato, al olvido, al ostracismo. Del resto, la parte visible del iceberg, un porcentaje es de calidad descollante y la otra parte navega a impulso de publicidad paga, amiguismo o buena estrella. ¿Importa eso? ¿Debería preocupar? No lo creo, pero así son las cosas y bueno es tenerlas presentes.
Navego los vientos tormentosos del cielo actual y escribo. Lo hago con fluidez, atendiendo cada palabra, cada frase. Releo, corrijo, y por allí abandono el texto hasta que vuelvo otro día a examinarlo. Nunca es suficiente, pasarán años y cuando vuelvan a caer en mis manos notaré los defectos de esas frases (y de estas): con frecuencia me ocurre.
Durante mucho tiempo escribí simplemente para complacer una necesidad íntima, entonces publicar y competir no tenía sentido para mí. Pero buscaba razones, preguntaba a colegas: ¿Para qué publicar?
Para trascender la existencia, comunicarme, encontrar comprensión... -me decían.
¿Trascender? No era lo mío: consideraba escaso mi ego y grande mi timidez como para subir a la palestra o permanecer más allá de mis años de vida.
¿Comunicarme? Me parecía incongruente pretender comunicarme con alguien a quien nunca veré el rostro ni me dirá qué piensa. De ese modo la comunicación, dándose en un solo sentido, se parecía más a un grito que a otra cosa.
Sonreí también ante aquellos otros comentarios, tan frecuentes como vanos: Para ligar con el sexo opuesto, para hacer dinero, para lograr fama... No los consideré, y creo que jamás habría escrito una sola letra con esas intenciones.
En esos pensamientos andaba entonces, y la divulgación de mis trabajos era lo que menos me importaba, hasta que me crucé con Ana María y algo de mi óptica se modificó. Pero es demasiada extensa la anécdota que nos une, quedará para el próximo posteo.
Entre tanto, y como mi prosa ficticia la estoy subiendo a Bubok.com, veré de ir dejando aquí tras cada comentario un poema, que de seguro ninguna conexión tendrá con el tema tratado.

Estuve por aquí esta mañana

Tal vez como todos, comencé haciendo poemas a un amor imposible. Sin dejar de escribir poesía sentí el impulso de elucubrar relatos. Llegué luego a las novelas...

Jamás encaré la tarea con propósito definido, sino tan sólo para intentar comprender mis sentimientos y trascribir las voces de los fantasmas que burlándose de la realidad susurran a mi oído. De alguna forma, escribir es también mi manera de conocerme, de explorarme y exigirme.

LA HORA DE LA ANGUSTIA

LA HORA DE LA ANGUSTIA

Debo mantener la mente fría
más allá de lo indescifrable
que puedo encontrar al otro lado de la puerta
hasta es posible que mis pasos
sigan recorriendo el círculo
pintado sobre la piedra gris de las penumbras

es la hora de penetrar en el último laberinto
apartar con mis manos en la oscuridad
las telarañas colgadas en el mármol
y buscar la habitación
en la que alguien que aún no conozco
interpreta al piano desconocidas partituras

dentro de la caja
en que se ofrece a la felicidad como un regalo
puedo guardar la hora de la angustia

ÁMAME DESNUDA

ÁMAME DESNUDA

Ámame desnuda para sentirte
en el lado más benevolente de tu amor
acariciando tus pechos y jugando
con olas gigantes que sólo imaginamos
porque nunca las hemos mirado de frente

puedo creer que has renunciado
a compartir conmigo otros otoños
aunque no entiendo que sigas deshojándote

http://fernando-sabido.blogspot.com

EL DESAMOR

EL DESAMOR

¿Eran necesarias palabras tan hirientes
para justificar tu desamor?

la herida es en este instante dulce
a pesar de que no olvido
tu frialdad al pronunciarlas
y me supongo insensible
desafecto
tal vez porque recorro inconsciente
sólo los bordes más benevolentes del recuerdo

imagino los estragos homicidas en mis sueños
o la sangre que circula por mis venas
ignorando al pulso
escribiéndote desde el aire
unos incomprensibles pensamientos
con las agujas de un tiempo concluido

también sé
que seguir amándote no es imposible



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